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QEPD: Quienes en pantallas descansan.

Hay un audio de mi abuela que vuelvo a escuchar los días que me siento valiente. En el audio, Beli empieza diciendo: “Ahora estoy acá sentadita con Ben olorosamente a mi lado…”. Ben es su galgo viejito, poseedor de una halitosis fatal de la que todos fuimos víctimas en algún momento. Cada vez que lo escucho, me la imagino sentada en su sillón verde, mirando por la ventana, con Ben olorosamente a su lado. Su contacto en mi teléfono todavía dice “Beli” y un emoji de dragón, el que mejor la representaba. Pero su foto de perfil ahora es la de un desconocido con sombrero de paja, metido en una pelopincho.

Pancho, el hermano de mi mejor amiga, murió hace más o menos un año. Hace poquito, Ro entró a su conversación con él y se encontró con que todos los mensajes, todos los audios, todo había desaparecido. A pesar de la tristeza, nos dijo: “Tengo que soltar igual. No quiero, pero es un chat. No es mi hermano”. Tan sabia mi Rorrita. Con mi hermana hablamos y me dijo que ella no escucha los audios de Beli. Julián tampoco los de su papá. 

Yo tengo mis dudas y confusiones al respecto de esos fantasmas de bolsillo que nos han quedado de los que eran. Hay muchos “pra frente pitiní”, muchos corazones verdes y emoticones del tipo que está haciendo la vertical. Hay un mensaje que me encanta de un día que le mandé un video de unos patos y ella me contestó “amo los patos y te amo a vos”. 

Esa convivencia entre la ausencia y algo que insiste en quedarse recorre la filósofa Vinciane Despret en A la salud de los muertos, relatos de quienes quedan. Allí cuenta la historia de un padre que, después de la muerte de su hijo, siguió dejándole mensajes en el contestador del celular (Yo también durante un tiempo le mandaba mensajes a Beli a ese número, hasta que los tildes empezaron a aparecer dobles y no quise que el señor de la pelopincho con sombrero de paja, un intruso entre ese número amado y yo, leyera mis miserias). Despret dice que nuestra cultura les reserva a los muertos dos destinos: la inexistencia o el destierro al terreno de las fantasías. Y frente a esto, lo que propone es que podamos empezar a prestar atención a otras formas de presencia. A la injerencia que los muertos siguen teniendo sobre nuestras vidas y a cómo cuidamos nuestros vínculos con ellos. Porque, dice, “si no los cuidamos, los muertos mueren totalmente” y hablar de nuestros muertos es una forma de cuidarlos. Despret propone que los muertos nos convierten a los vivos en “fabricantes de relatos” (esta fábrica de relatos está funcionando a todo vapor, me atrevería a decir).

La tecnología lleva tiempo participando de estas relaciones. En 1997, la investigadora Carla Sofka introdujo el término thanatechnology, o tanatotecnología, para nombrar las herramientas tecnológicas vinculadas con la muerte. Ya sea que se usen para estudiarla o para acompañar en los procesos de duelo. Sofka, en su momento, hablaba de programas de computación y sitios web de los noventa. Hoy en día, con el advenimiento de la era moderna, en el reino de las redes sociales, la cuestión de los “restos digitales” se vuelve más cotidiana y más urgente: ¿qué hacemos con todo lo que alguien deja en la web? Sus fotos, videos, su voz, lo que escribió, sus comentarios. La huella de la vida online de los que amamos ¿se guarda, se borra? ¿Qué significa para los que nos quedamos?

Las plataformas ofrecen algunas respuestas. En Facebook e Instagram se puede solicitar que la cuenta de una persona fallecida se convierta en conmemorativa o que se elimine; en Twitter (no pienso decirle X), solo que se elimine. En Facebook, además, cada usuario puede designar en vida un “contacto de legado”: alguien de confianza que se ocupe de ciertos aspectos del perfil después de su muerte. Esa persona puede fijar una publicación, cambiar las fotos de perfil y portada o aceptar solicitudes de amistad, pero no entrar como si fuera el dueño ni leer sus mensajes privados. También se puede dejar indicado que la cuenta se borre (¿Qué preferís vos? ¿Sabés?)

En su libro Virtual Afterlives (2014), la investigadora Candi Cann estudia estas nuevas formas de conmemoración y dedica un capítulo a las conversaciones con los muertos en las redes. Dice que la forma de hablar de, o con, los muertos se modifica en el pasaje de lo analógico a lo digital. Si en un funeral se habla de que alguien “era un gran hermano” en un muro de Facebook, ese mensaje se convierte en: Sos un gran hermano. Parece que en la conversación que las redes habilitan, dejamos de hablar sobre alguien y empezamos a hablarle. Es como si lo digital contuviera dentro de sí una parte de la conciencia de aquel ser querido, y nos permitiera de alguna manera seguir imaginando que nuestros mensajes llegan.

En relación con las modificaciones que la irrupción digital introduce en el duelo, los investigadores Jed Brubaker, Gillian Hayes y Paul Dourish proponen que el duelo en redes se expande: se expande en el tiempo, porque los mensajes pueden seguir llegando meses o años después, entretejidos con la vida cotidiana. Se expande en el espacio, porque no hace falta estar físicamente cerca para participar. Y se expande entre círculos sociales: familia, compañeros de trabajo, amigos, amores, vecinos y demás. Escriben que ese encuentro de grupos antes separados, que genera lo que denominan un “colapso de contexto”, si bien puede generar incomodidades, también les abre un lugar de expresión y participación a quienes quizás no lo habrían tenido en los rituales presenciales. Los autores observan que la identidad póstuma de alguien se va elaborando y reescribiendo con las historias y los mensajes que su perfil digital recibe. No todos conocimos a la misma persona de la misma manera. Lo cual nos conduce de vuelta a Despret y a lo que dice sobre cómo los muertos nos convierten a los que quedamos en fabricantes de relatos. Recordar es recordar, sí, pero también es armar, juntar, coser, unir, al ser amado entre quienes lo conocimos. Re-member, de recomponer, es el término que Despret usa para referirse a ese proceso activo de manufacturación de la presencia. 

Pero ese espacio, ese altar, digital que construimos entre todos tiene una particularidad: no es nuestro. Tal como señalan Johanna Sumiala y Michael Hviid Jacobsen, nuestras prácticas de duelo digital ocurren en el seno de plataformas comerciales, cuyos intereses y tiempos no necesariamente coinciden con los intereses particulares de nosotros los duelantes. Las reglas que rigen estos espacios podrían de pronto, quizás, cambiar, sin necesitar de nuestra autorización. Aunque para nosotros sean espacios sagrados. Los mensajes que desaparecieron de la conversación de Ro y el sombreril desconocido que ahora ocupa el lugar de Beli en su perfil de whatsapp me remiten a esa fragilidad. En ambos casos se produce una ruptura de la ilusión de esa permanencia a la que uno se aferra.

En el transcurso de nuestra vida digital, el duelo y la muerte se cuelan por lo bajo, no de la misma manera; a veces la muerte aparece vinculada con lo que vende, para shockear y generar clicks y más clicks, y el duelo aparece como, por ejemplo, acá en el Instagram de este blog, mezclado en un feed lleno de memes y comida y todo eso que uno haya hecho de su algoritmo. Entre eso, que es más otra cosa, se cuela un pedacito de un ensayo que es a la vez mensaje y plegaria. No ocupa un espacio aparte: se inmiscuye en el mismo recorrido cotidiano por el que pasan tantas otras cosas. Quizás, pienso, la pregunta que debamos hacernos sea la de cómo hacerle un lugar a esa convivencia de lo que existe, la muerte y el duelo, con lo otro que también existe, sin que esa imbricación con lo cotidiano le quite la relevancia, enorme, que tiene.

Creo que, como al final pasa con todo en esta vida, pueden ser, contradictoriamente, las dos cosas. Un poco y un poco: La ausencia de ellos en ese ahí que configura lo digital es tajante y definitiva. No están, absolutamente no están. Y al mismo tiempo hay también definitivamente algo ahí que, aunque no sea, lo es. ¿Y entonces, qué es eso que es pero no es ellos? Si me preguntan, diría que somos nosotros, con nuestros recuerdos y los besos al cielo que arrojamos al vacío digital y que ellos, los muertos, responden sin responder con sus voces de eco, que ya no pueden producir palabras nuevas. Las palabras que eligieron alguna vez, esas y no otras.

No necesito creer que Beli vive en ese audio para que me importe tenerlo, para cerrar los ojos y hacer de cuenta que sigue ahí en su sillón verde con Ben olorosamente a su lado. Para mí es un regalo, un regalo pinchudo y doloroso, pero regalo al fin, tener su voz y su risa ahí guardadas. Pero también entiendo y comparto el “él no está ahí” y entiendo que mi hermana no vuelva a los audios de Beli porque le duelen. Podemos querer resucitar a la misma persona y necesitar cosas distintas para convivir con su ausencia. Por ahora, los días en que me siento valiente, vuelvo al audio. Beli no está ahí, ya lo sé. Pero siempre empieza diciendo “estoy acá” y siempre, siempre, me vuelve a dar risa cuando dice la parte de olorosamente.

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La conversación

  1. Qué belleza esa fluida combinación de tanto …tan bien explicado y con las palabras justas, con humor, profundidad, claridad…lo finito y lo infinito, la vida y la muerte, tan simple y tan complejo. Sensibilidad y coraje. Acá los «duelantes» tratando de entender…y este pedacito de ensayo suma mucho. La Huella de la vida se topa con frecuencia con un o varios colapsos de contexto y la plegaria trae alivio.