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No nos importa que la vida sea corta

Ayer, miércoles 21 de Octubre, a las 20 hs me encontré parada en Congreso frente a la puerta de Rivadavia 2057. Cuando me acerqué, el encargado me preguntó a qué piso venía. «Al piso 3, departamento D». Subí, me contestó. La puerta está abierta. En el ascensor me miré al espejo. ¿Qué estoy haciendo acá? Me acordé de mi amigo Juan diciéndome que me despidiera de mis órganos. De los nervios me dio risa. Sí, estaba yendo a una reunión espiritista. Pero en algún punto también estaba buscando respuestas para algo más que para este blog.  

Unos días antes, recabando información sobre la mediumnidad para mis investigaciones sobre la muerte, me tropecé con la página web de la Institución Espírita «Juana de Ángelis». Mandé un par de emails preguntando si podríamos organizar un encuentro y Gustavo Martínez, presidente de la Confederación Espiritista Argentina, fue tan gentil como para responder e invitarme a acercarme a uno de sus encuentros semanales. 

Cuando aterricé en el piso tres, antes de abrir la puerta del ascensor, desfilaron fugazmente por mi cerebro una serie de imágenes de bolas de cristal, velos y humo, todo lo que uno, ciudadano de a pie, imagina cuando le dicen la palabra “espiritismo”. La puerta del 3D estaba entreabierta. Asomó la cabeza una mujer de rodete y chal blanco que me invitó a pasar. Me recibió un departamento amplio y bien iluminado, ninguna bola de cristal, pero sí una lámpara antigua muy linda. Había entre veinte y treinta personas sentadas en sillas en fila mirando las imágenes que se proyectaban sobre la pared, paisajes de mar y montañas. La chica que me invitó a pasar me tocó la espalda en un gesto reconfortante, me preguntó cómo me llamaba y me señaló dónde sentarme. Un señor parecido a un monje estaba parado frente al proyector. Cuando me vió me preguntó: ¿Josefina? ¡Sí! Yo soy Gustavo. Sus ojos celestes, anteojos redondos, sonrisa cálida y voz suave me hicieron sentir cómoda enseguida. Gustavo anunció el comienzo del encuentro, y muy a mi pesar, también mi presencia: «Josefina, que está haciendo una investigación para Comunicación Social». Todos me saludaron. Roja como un tomate, les agradecí por invitarme.

Las luces bajaron. Del aparatito de música viejo y redondo empezó a emanar una melodía. Mi mente tardó un instante en reconocer lo que estaba sonando. Pero mi cuerpo reaccionó enseguida. Bolas de cristal no había, y sin embargo algo un poco mágico estaba pasando. Song from a Secret Garden. La canción de mi abuela. Me dieron un poco de ganas de vomitar y un poco de ganas de llorar, y agradecí a los espíritus que las luces bajas escondieran mi cara. Se hizo un silencio, los espiritistas presentes cerraron los ojos, escucharon la música. Entraron en sintonía con la reunión. Luego de un rato, las luces volvieron a la normalidad y lo que siguió bien podría haber sido una clase en la facultad. De entre las filas se levantó una señora, Iris. Pasó al frente y empezó a hablar, modulando la voz para que se entendiera bien, como si contara un cuento. Me hizo pensar en una profesora de lengua. Habló de las diferencias entre cultura y civilización, del progreso y de hacer el bien. Pasamos por Rousseau, por el Facundo, por civilización y barbarie. El único indicio de que estábamos en una reunión espírita y no en el colegio era que el interín Iris mechaba frases como «Espero que los espíritus no me tiren del pelo por estar diciendo esto». Habló del prójimo y del amor, y dijo que al espírita no le importa que la vida, esta vida, sea corta. 

Hacia el final hicimos silencio. Las luces se atenuaron nuevamente y quedamos iluminados por una luz azul contra la que se recortaba la silueta de Gustavo. The Secret Garden sonaba bajito. Pensé que este momento medio misterioso sí se parecía más a lo que me imaginaba. Desde una esquina del cuarto que yo no alcanzaba a ver, Iris empezó a orar. Apenas presté atención a lo que decía, porque entre las filas empezaban a moverse tres mujeres que se iban acercando a las personas y poniendo sus manos justo por encima de sus cabezas. Iris seguía orando. Pensé en si estaría leyendo. No parecía estar haciéndolo. La mujer de chal blanco que me recibió en la entrada se acercó y me susurró: ¿Querés recibir los pases? La miré, no supe si le había entendido bien. ¿Las paces? El concepto me sonaba de alguna de las misas accidentales a las que fui. Asentí. De reojo podía ver cómo los demás cerraban los ojos y recibían el mismo tratamiento, serenos, tranquilos. A mí nunca me gusta cerrar los ojos; me da nervios no ver. Los cerré a regañadientes y me entregué a los pases. Ella puso sus manos sobre mí e inmediatamente sentí un calorcito agradable en la cabeza. Parecido al reiki, pensé. Me pareció un gesto de cariño.

Para terminar, circularon unas bandejas con vasitos de agua ‘pasificada’ que todos tomaron y así como así el encuentro se acabó. Todos se fueron yendo, despidiéndose con familiaridad entre sonrisas y besos. Cuando ya casi no quedaba nadie, Gustavo se acercó: ¿Querés que charlemos? Me mostró el departamento, dijo que había pertenecido a una espírita que descarnó y después me invitó a pasar a un cuartito en el fondo, a tener la entrevista. Era un cuartito sencillo, chiquito, lleno de libros. Sobre el escritorio había una jarrita con caramelos. 

«¿Ser espiritista significa qué?», preguntó, e inmediatamente se respondió: «Dos cosas: creer en que somos espíritus en un cuerpo y en que cuando morimos podemos comunicarnos. Esa es la definición tradicional de espiritista». Y agregó: «Si vos vas por la calle y alguien te dice “Soy espiritista”, vos vas a pensar: “Uh, habla con los muertos”». Yo asentí dignamente con la cabeza (como si no fuera eso exactamente lo que había pensado). Aparté de mi mente todo pensamiento sobre bolas de cristal. Gustavo concluyó la idea: «No vas a pensar en toda la filosofía». Claro.

Me explicó que el espiritismo es un sistema filosófico racional fundado en la observación, la experiencia y la comunicación con los espíritus. Y que para él, esa filosofía es una herencia. Me dijo que su bisabuelo trajo de España el espiritismo antes que al resto de la familia: emigró con El libro de los espíritus abajo del brazo y después hizo venir a su esposa y a sus hijos. Gustavo estudió Bellas Artes y cursó veinte materias de Filosofía. Dio clases en secundaria durante veinte años y tradujo más de treinta libros de la filosofía espírita. Traduce a Kardec del francés y a Divaldo Franco del portugués. «Me sumergí en el espiritismo», me dijo, «dediqué toda mi vida a eso». 

También me explicó que todos poseemos capacidades mediúmnicas y que un médium es «una persona, un ser humano, un espíritu encarnado que puede salir un poquito, apartarse un poquitito del cuerpo. Nosotros a eso lo llamamos emancipación del alma». En ese estado alterado de conciencia, que algunos llaman trance, los médiums pueden percibir a los espíritus y captar sus pensamientos, sus sentimientos e incluso, a veces, sensaciones. Gustavo me explicó que la oración al final del encuentro fue en efecto una mediumnidad. Que la que hablaba no era Iris, sino un espíritu comunicándose a través de ella. «Todos, de algún modo, somos pasistas», me dijo. Le pregunté por si hablaba de las paces del final de la reunión. Me aclaró que no eran las paces sino los pases. En referencia a «los pases» de energía que se realizan con las manos. Y agregó: «Cualquier persona que ame a otra, que tenga un sentimiento de entrega, está transmitiendo». Pensé en la mirada que compartimos con mi abuela cuando ella ya no podía hablar y solo nos mirábamos. Claro. Me sorprendí al darme cuenta de que muchas cosas que Gustavo iba diciendo se me presentaban como una conclusión natural. ¿Seré espiritista?

Cuando hablamos de la muerte Gustavo hizo una distinción: «“Morir” ya es un término que no usamos porque la palabra muerte se aplica solamente a lo biológico». Lo que muere es el cuerpo. Ahora, cuando el cuerpo muere, el espíritu desencarna. Es la palabra que nosotros usamos. Es un mismo fenómeno, pero recibe un nombre distinto de acuerdo al elemento del que trata. Si vos decís: “¿Qué le pasa al cuerpo?”, el cuerpo muere. Y el espíritu que estaba en ese cuerpo se desprende».  De acuerdo con la filosofía espírita, luego de desechar la cáscara del cuerpo, atravesamos múltiples reencarnaciones, en distintos mundos, para alcanzar la elevación moral e intelectual.

Hablamos también del Karma. Los espíritas creen en una ley de causa y efecto que vincula lo que nos pasa con nuestras acciones en otras vidas. «Pero si vos estás peleado con tus hermanos y no te arreglás, ¿vas a volver?», le pregunté (de leve a moderadamente preocupada). «Sí, porque son desafíos para el perfeccionamiento moral», me respondió. «Uy, qué bajón», dije, pensando en los garcas de mis tíos. Me quedé meditando eso de que hay que arreglarse. Aunque uno no sea espírita, pensé, ha de ser bueno hacerlo. Ante la duda de tener que volver a vivir una vida con esa gente, quizás mejor hacer las paces (esta vez sí en el sentido de paces). Capaz hacer las paces no es llevarse bien. Capaz solo es perdonar y dejar ir (para seguir pensando). 

Le pregunté si él se acordaba de sus vidas anteriores. «No. Yo lo que hago es el trabajo que sugiere Kardec: analizar las tendencias, los gustos, las costumbres, la capacidad intelectual y la capacidad moral. Yo sé que anduve por algún monasterio, seguro», me respondió. Mi mente volvió al momento en que entré y pensé que era un monje.

Después le pregunté si conocía algún médium que pudiera recomendarme. Gustavo me dijo que en ese momento no participaba de reuniones mediúmnicas porque le resultaba difícil encontrar médiums que actuaran como auténticos intermediarios de los espíritus. «No te podría recomendar a nadie», me contestó. Me dijo que algunas personas creen ser médiums cuando en realidad están experimentando contenidos de su propio inconsciente. A eso Gustavo, elegantemente, lo llamó «animismo». 

También le conté mis correrías por la senda del terror, cuando con mis amigas éramos adictas al juego de la copa y cada vez que volvíamos del colegio nos dedicábamos a esa actividad. Se puso muy serio: «Bueno, eso es peligroso». Le contesté que me lo imaginaba. Porque lo sentía en mi cuerpo. Cada vez que la copa se movía, me daba pánico. Creo que era justamente ese miedo lo que nos había vuelto adictas a la adrenalina de jugarlo. Gustavo siguió: como el plan es frívolo, los espíritus que se manifiestan también lo son (frívolos): «Te van a mandar fruta». «¿Y qué te puede pasar?», le pregunté. «Te pueden anunciar una desgracia que no va a ocurrir nunca. Te pueden generar un temor que puede llegar a ser patológico si no sos fuerte psicológicamente».

Le pregunté entonces si los espíritus se pegan a las personas. Me dijo que sí, que a veces hay vínculos y emociones que quedan sin curar. «La muerte lo único que hace es despojarnos del cuerpo, pero no interrumpe los vínculos». La pensé a Beli cerca de mí, en ese cuarto chiquito, escuchando. Pensé de vuelta en su canción. De todas las canciones del mundo. Le conté un poco a Gustavo de mi abuela. Me dijo que los espíritus son amigos entre sí, y que aunque en una experiencia te toque venir como abuela y nieta, en realidad son almas amigas. Gemelas, pensé para mis adentros. Y me acordé de un email que ella me mandó en el que me decía «Jo: vos sos una parte de mi ser. No solo porque sos mi nieta. Lo que compartimos va mucho más profundo»:

Le mostré una foto del día en que murió mi abuela. En la foto aparece una luz turquesa muy brillante a los pies de su cuerpo. La foto la sacó mi tía porque veía la luz. Es decir, no es que sacara la foto y después en la foto viéramos la luz. «¿Cómo se explica desde el espiritismo?», le pregunté. «Puede ser energía o puede ser un espíritu que se manifestó de ese modo», me respondió. Pensé que seguro era mi abuelo, que la vino a buscar. 

Al despedirnos le agradecí mucho. Me invitó a volver cuando quisiera y le dije que con gusto. Me gustó la filosofía, me gustó la forma de ser de Gustavo, el lugar, la luz azul. Me gustó hablar de mi abuela. Me gustó haber ido. Me gustó conocerlo y escuchar lo que hablaron. Mientras me iba, volví a una de las preguntas que le hice a Gustavo: «¿Nos volvemos a ver con los espíritus que se fueron?». Y pensé en su respuesta: «Totalmente. De hecho, los que ya se fueron nos están viendo». Me hizo sentir menos sola que otros también pudieran creer que no hay forma de que un amor tan grande se termine en este mundo.

Comentarios

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La conversación

  1. Soltar el espíritu del ser querido que muere ,constituye un acto de amor dado que impulsa su vuelo directo hacia la luz. Aferrarse a su recuerdo constante, por el contrario, retiene en la dimensión material impidiendo partir esa energía que el universo necesita redireccionar.

  2. Me emocionó desde el comienzo tu trabajo Josefina y por eso te agradezco.

    Ojalá te sirva mucho esta filosofía, bella filosofía. Un abrazo fraternal, muchas Paz. Con cariño Ana María Rearte.

    Ahhh Gracias nuevamente

  3. Gustavo, como siempre, explicas con una claridad que desmitifica al espiritismo para alguien que no es espirita y quiere conocer. Más allá de entender le creas la inquietud de conocer mas.
    El tema difusión que tanto preocupan a los espiritas, esto es un verdadero ejemplo.Gracias por compartir.

  4. Excelente nota. Dios te Bendiga. En el universo nada se destruye todo se transforma, nuestras Almas son viajeros en busca de la Verdad, del Amor y de Dios, o sea de la perfección…vamos de cuerpos en cuerpos, de mundos a otros mundos en un constante devenir, no solos, sino con otras Almas afines que nos acompañan en la evolución infinita, Almas amigas, hermanas, con la cuales aprendemos a crecer y amar. La muerte es un momento más del camino, no es el fin, siempre es el inicio de una nueva etapa. Tenemos que aprender a prepararnos para la muerte, aquellos que creemos en el más allá, y que no todo acaba con el último suspiro, ya iniciamos esa preparación. El espiritismo nos da la certeza de la inmortalidad, persistencia, y comunicabilidad de las Almas. Aquellos que partieron y que nos amaron, no cambian su actitud, nos acompañan, pero ya libres de la materia que los ataba y limitaba. El Amor es invencible. Bendiciones.

  5. Que bueno que fuiste a ese centro espirita kardeciano. Ojalá vuelvas. La 3ra revelación nos enseña que hay vida después de la muerte. Es hermoso. Me alegro mucho por la nota. Abrazo fraterno